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Con Ángel Palerm en el recuerdo, por Andrés Fábregas Puig/CIESAS-Occidente

Ángel Palerm

El 10 de junio de 1980 murió Ángel Palerm. Transterrado, que decía José Gaos, Ángel Palerm  llegó  por la mar salada, con esa sangre roja que nos vino de la España derrumbada, como escribió Pedro Garfias. “España que perdimos, no nos pierdas” exclamó el poeta desde la cubierta del Sinaia, el buque repleto de republicanos españoles que avistaban las costas de Veracruz, de México, su nueva patria. Palerm venía, como así sus compañeros y compañeras, de pelear en las trincheras de la España republicana, la primera guerra por el hombre universal. Encontró en nuestro país a una tierra que le permitió rehacer su vida, formándose como antropólogo en las aulas de la legendaria Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) de las que egresó en 1955. Volvió a emigrar. Esta vez su rumbo fue los Estados Unidos, en donde completó su formación profesional, a la vez que estrechaba sus lazos con la antropología norteamericana más avanzada de aquel momento, con líderes académicos como Eric R. Wolf, Sidney Mintz, Jhon Murra, Julian Steward, y con ellos, Karl W. Wittfogel, con quien mantuvo larga amistad.

En 1966, a iniciativa de los estudiantes de la ENAH, Ángel Palerm aceptó dictar un curso de Introducción a la Teoría Etnológica. Lo hizo magistralmente. Cada sesión era una lección inolvidable. Palerm, con sus notas al frente, su voz mediterránea, iba desmenuzando las voces de los antropólogos que teorizaban desde diferentes perspectivas. Desde los inicios de aquel curso histórico, Palerm nos advirtió que su punto de vista era el del evolucionismo multilineal, liderado por Julian Steward, reconociéndose como un discípulo de aquel, al lado de Eric Wolf, Sidney Mintz, Jhon Murra, Morton Fried, entre los más destacados. Pero también nos dijo que su perspectiva era la de enlazar al marxismo con la antropología. Corrijamos, nos dijo, el vació teórico de la antropología con la riqueza de los planteamientos de Marx y dotemos a la obra de este último, del vigor de la etnografía, para hacer una ciencia social crítica, descubriendo la condición de nuestro tiempo. En 1968, cuando salimos airados a las calles de la Ciudad de México para buscar un México mejor, Palerm estuvo allí, sin vacilaciones, caminando al lado del movimiento estudiantil. Escribió uno de los primeros textos analíticos del 68, usando magistralmente a la etnografía. Con el correr del tiempo, logró establecer una institucionalidad necesaria en la investigación y en la enseñanza de la antropología. Su impronta está presente en el CIESAS (CIS-INAH en sus inicios), en el Departamento de Antropología de la UAM-Iztapalapa, en el Colegio de Etnólogos y Antropólogos Sociales; se solidarizó activamente con Luis González y Gonzáles en la fundación de El Colegio de Michoacán. Abrió nuevas temáticas en la antropología mexicana y recuperó otras. Insistió en que la antropología en México tenía una voz propia que había que conservar y enriquecer.

Lo recuerdo en la mesa del café, discutiendo, aprobando o reprobando alguna opinión, suministrado su sabiduría con generosidad. Era un disfrute escucharlo al lado de Paul Kirchhoff, de Pedro Carrasco o de Pedro Armillas. Igual sucedía cuando se reunían en la mesa del café, Guillermo Bonfil, Arturo Warman o Gonzalo Aguirre Beltrán. Promovió la formación de los antropólogos y antropólogas de México sin exigir nada a cambio, más que la decisión porque la disciplina fuese honesta. Auxilió a cuanto estudiante pudo y somos muchos los que le debemos el haber tenido la oportunidad de estudiar en prestigiados departamentos de antropología en los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España. Palerm fue un antropólogo cosmopolita, seguro de sí mismo, pero dispuesto a escuchar y discutir. Rechazó el dogma y enseñó que la antropología debe basarse en la evidencia empírica y en teorías con capacidad para explicarla. Insistió en que el sello de la antropología mexicana era el trabajo de campo y la reflexión de los problemas nacionales. Lo recuerdo como maestro, siempre enseñando, cuidadoso de no fabricar robots dogmáticos, prisioneros de las ideologías. Aquel 10 de junio de 1980, Ángel Palerm se fue con la satisfacción del deber cumplido y con el agradecimiento de quienes tuvimos el privilegio de tratarlo y aprender de él, lecciones duraderas no sólo de la antropología, sino de la vida.

Ajijic, Jalisco. A 10 de junio de 2018.

Andrés Fábregas Puig/CIESAS-Occidente